| Trilogía del reencuentro |
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| Martes, 14 de Agosto de 2012 18:48 |
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En El ángel exterminador (1962), Luis Buñuel retrata un grupo de personas adineradas que, por una misteriosa fuerza, permanecen atrapadas en una mansión. Una elegante cena se convierte en un encierro por días que acaba por revelar aspectos inimaginables de la “alta sociedad”. ¿Y si esto sucediera en un museo, con la “gente del arte”?
Una obra cuestiona el papel del arte frente a la miseria y la incomunicación
*Martín Acosta dirige la Trilogía del reencuentro, de Botho Strauss
En El ángel exterminador (1962), Luis Buñuel retrata un grupo de personas adineradas que, por una misteriosa fuerza, permanecen atrapadas en una mansión. Una elegante cena se convierte en un encierro por días que acaba por revelar aspectos inimaginables de la “alta sociedad”. ¿Y si esto sucediera en un museo, con la “gente del arte”?
Los sábados y domingos de agosto en el Auditorio del MUAC, el director Martín Acosta presenta Trilogía del reencuentro, del dramaturgo alemán Botho Strauss (Alemania, 1944), una historia que parece tocar la anécdota de Buñuel, pero se ocupa de cuestionar el papel del arte frente a la miseria y la incomunicación.
Escrita en 1975, se trata de la obra capital de Strauss, autor radical que tardó en alcanzar el éxito y no se conoció en México sino hasta finales de los ochenta. Por entonces se montó Grande y pequeño, y recientemente Ser es ser visto, ambas a cargo de Luis de Tavira. Martín Acosta, quien considera que Strauss abrió los nuevos derroteros de la dramaturgia alemana, se encarga ahora de montar por primera vez en México esta historia.
En entrevista, Acosta dijo que se trata de una trilogía porque la estructura de la obra se divide en tres bloques: la historia ocurre en tres momentos de un solo día. Por alguna razón, los miembros del círculo de Bellas Artes no pueden irse del museo, a donde fueron llamados a propósito de la apertura de una nueva exposición.
“Han sido convocados para dar un juicio sobre la curaduría y sin embargo ninguno es capaz de hacer un planteamiento (no digamos lógico o legítimo) de lo expuesto. Están tan enredados en su propia vida personal y sus pequeñas interacciones, en sus pequeñas miserias amorosas, económicas, sociales y políticas, que lo que queda en el trasfondo de esto es la obra artística”, explicó Acosta.
Para los patronos del museo, la exposición es tremendamente agresiva porque es crítica y ridiculiza al director. Y mientras buscan cancelarla, se revela la condición de los personajes: instalados en rupturas (amorosas o de otros tipos) que no acaban de consumarse.
“Tienen intentos muy torpes de interactuar con otras personas pero ninguno sabe cómo hacerlo. Son como niños abandonados. Su torpeza es un tanto infantil y eso es lo que Strauss trata de expresar: que a veces somos como niños abandonados por dios frente a las grandes incógnitas de la humanidad, que están de alguna manera en los cuadros pero ellos no son capaces de voltear a verlos”.
De acuerdo con el director, se trata de una obra demandante para el público, pues el autor exige su atención al entrelazar todas las historias (hay 19 actores en escena) mediante pequeñas viñetas. La narración es fragmentaria, exige cambios de tiempo y espacio, pero ofrece continuidad. Por ello, exige a los actores gran concentración lógica para sostener la temperatura de los personajes entre tantos cortes; para ello, ha sido vital la sólida estructura dramática en el texto de Strauss.
“Cada historia tiene su propia versión tonal dentro de un tono general. La obra tiene cierto sentido cómico que termina por ser patético”.
Entre la borrachera y la culpa
Para los personajes, ni Oskar Kokoschka ni Lucian Freud ni Gerhard Richter son suficiente. Están devaluados. Los miran con menosprecio. Parecen personas con la vida resuelta. Sin embargo la realidad es otra. Entre ellos, por ejemplo, hay un escritor que publicó algo dos años atrás pero no ha producido nada nuevo y se le descubre robando los canapés. Para el director, la sociedad de élite referida por Strauss tiene su versión mexicana.
Así, conocedor de la dramaturgia alemana contemporánea, explica la pertinencia de una historia así: “He llegado a la conclusión de que las crisis más severas son las de valores (…), que van acompañadas de un fenómeno social y económico. Alemania en los setenta tiene un bienestar pero viene del piso. Anímicamente habían tocado fondo en todos los niveles: la culpa que les produjo el nazismo, el fascismo en su mayor expresión, la conciencia de lo que había pasado, donde nadie está limpio del todo: ‘el que no hizo, permitió’”.
En un país como el nuestro, compara, cerramos los ojos a lo que pasa aun cuando ya tocamos fondo: “vivimos entre la borrachera y la culpa; nos emborrachamos de ilusión y nos sentimos culpables porque nuestra ilusión no llegó a buen puerto”.
Si la pendiente en la historia alemana toca la crisis, la ilusión y la estrepitosa caída durante todo un siglo, para el director se repite en México cada diez años o menos: “ahora sí vamos a salir, ahora sí vamos a ganar el mundial, ahora sí… acabamos de vivirlo. Esta borrachera y cruda la entendemos perfecto, sólo que en versión comprimida y en tono de melodrama en lugar de la gran tragedia que se plantean los alemanes.”
Por la carga significativa del espacio y la temática de la obra, para Martín Acosta el MUAC era un espacio natural e ineludible: “ante la idea de que, en un punto de crisis anímica y espiritual, el arte parece no servir de nada, es en realidad la respuesta”.
La Trilogía del reencuentro, de Botho Strauss, dirigida por Martín Acosta, cuenta con diseño de vestuario de Mario Marín del Río, iluminación de Raúl Castillo y diseño de movimiento de Ichi Balmori. Se presenta en el Auditorio del MUAC el sábado 18 de agosto (13:00 y 19:00 hrs) y el domingo 19 de agosto a las 13:00 hrs. Acceso $100 con los descuentos habituales.
Dirigida por Martín Acosta
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